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Viernes, 30 Enero 2015 05:48

EL DIAMANTE JOB

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Expuesto actualmente en el Instituto Smithsonian de Washington DC, nadie podría imaginar al contemplar este sublime diamante azul el oscuro pasado que lo envuelve. Parece inofensivo, pero esta brillante joya es responsable de la muerte de quien lo poseyera. Según la tradición india, el diamante fue extraído del río Kistna hace más de 600 años y colocado en la frente de la diosa Sita.

Un sacerdote hindú, al contemplarlo en un templo, sucumbió a su embrujo y lo robó. Tras ser descubierto fue torturado hasta morir. Era el primero de una larga lista. No se volvió a tener conocimiento de la joya hasta el año 1642, cuando el diamante reapareció en el continente europeo en manos de un contrabandista francés llamado Jean-Baptiste Tavernier. Por entonces el diamante pesaba 112,5 quilates, y recibía el nombre de Tavernier Blue. Fue el propio Tavernier quien se lo vendió al mismísimo rey Luis XIV de Francia, conocido como el Rey Sol, quien mandó tallar la gema hasta transformarla en una pieza de 67,5 quilates. Con la venta de tan fabulosa joya, Tavernier obtuvo con la venta el dinero suficiente para comprar un título nobiliario y adquirir una gran propiedad. Poco tiempo después, las numerosas deudas que su hijo contrajo por el juego le obligaron a vender cuanto tenía. Totalmente arruinado, Tavernier regresó a la India para rehacer su fortuna, pero murió atacado por una jauría de perros salvajes. Durante su estancia en la corte francesa, el diamante estuvo implicado en numerosas tragedias. Nicolas Fouquet, un funcionario del gobierno que lo tomó prestado para acudir a un baile oficial, fue acusado en 1665 de desfalco y enviado a prisión, donde finalmente falleció. Por su parte, el Rey Sol murió enfermo y abandonado, viendo cómo su imperio se derrumbaba, tres miembros de la familia real que habían tenido contacto con el diamante, también fallecieron en extrañas circunstancias, y la princesa Lamballe, que acostumbraba a llevarlo encima, fue linchada por una enfurecida multitud.

Entre los herederos del diamante estuvieron Luís XVI y su esposa María Antonieta, cuyo trágico final en la guillotina durante la Revolución Francesa es de sobra conocido. Durante las revueltas revolucionarias de 1792 la joya volvió a desaparecer, pero su sangrienta leyenda se mantuvo viva. Se cuenta que Jacques Celot, un joyero francés, se obsesionó tanto con su belleza que acabó volviéndose loco y suicidándose. También se dice que el príncipe ruso Iván Kanitovski se la regaló a su amante parisina, a la que posteriormente mató de un tiró. Kanitovski también fue asesinado.

Entre los fallecidos por la maldición del diamante también se incluye a Catalina la Grande de Rusia, Según narra la historia, la zarina lo llevó puesto poco antes de morir de una apoplejía. Cuando la joya reapareció, en 1812, lo hizo en manos de un joyero holandés afincado en Londres, Daniel Eliason, que talló de nuevo el diamante reduciéndolo a su tamaño actual. El hijo de Eliason le robó la gema y el joyero acabó suicidándose. Con su nuevo aspecto, el diamante fue viajando por Europa y causando desgracias a sus propietarios, hasta que cayó en manos de Henry Thomas Hope, un banquero irlandés quien lo adquirió por tan sólo 30.000 libras y le otorgó su actual nombre. Su propio nieto murió en la más absoluta ruina. En 1908 el sultán turco Abdul Hamid se hizo con el diamante tras pagar la cifra de 400.000 dólares. Hamid se lo obsequió a su esposa Subaya, a la que asesinó poco después de una puñalada. Un año después, el sultán perdió el trono. Tras ser comprada por el magnate de los negocios Ned McLean, por 154.000 dólares, la valiosa piedra viajó a Estados Unidos en 1911. Vincent, un hijo de McLean, fue atropellado por un automóvil. El propio McLean terminó arruinándose e ingresó en un hospital psiquiátrico donde murió. Su hija falleció en 1946 tras ingerir numerosos barbitúricos, y su esposa, Evelyn, se hizo morfinómana. El sangriento viaje del diamante Hope finalizó en 1949 al pasar a ser propiedad del joyero estadounidense Harry Winston, que compró la azulada gema a los herederos de McLean. Aunque su familia no sufrió nunca ninguna adversidad, Winston decidió donar la joya al Instituto Smithsonian el 10 de noviembre de 1958, donde se encuentra ahora. Tal vez la maldición no será tan perjudicial para las instituciones como lo fue para los individuos, lo cierto es que aparentemente el terrible maleficio se extinguió o solo está esperando su oportunidad para volver a hacer de las suyas.

 

 

 

 

 

 

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